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...y lo que El Pibe se Olvidó

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Violetas… de vergüenza

Un país que se mira al espejo y no se reconoce: del discurso libertario al oportunismo municipal, todo se tiñe del mismo color de la impunidad.

por Pipo Fisherman                                                                                                                                                                                                                                        21-10-25

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Apenas unos días antes de las elecciones, el catálogo de los escándalos libertarios ya no sorprende: aburre. La criptomoneda $Libra, lanzada entre promesas de “soberanía digital” y hoy perdida en el limbo de las estafas piramidales; las valijas intocables del siempre servicial Manu Vidal, amigo del intendente y embajador de los favores; el famoso 3% de retorno a la “hermana presidencial”, nacido del negocio con medicamentos para personas con discapacidad; el narco-diputado Espert, orgullo de la pureza liberal; y la candidata a senadora Villaverde, detenida en Estados Unidos por narcotráfico y denunciada en su provincia por vender terrenos ajenos, además de sus vínculos con Fred Machado y su entramado de testaferros. A eso se suman las sombras que sobrevuelan el financiamiento de Santilli —el mentor político de Matzkin— y su ya incómodo parentesco político con el universo Cositorto. Y los etcéteras que siguen creciendo como maleza al sol.
En ese contexto, el discurso oficial intenta sostener el relato del orden, la eficiencia y la transparencia, pero el guion se deshace a la vista. La motosierra moral que prometía limpiar la “casta” hoy corta por otro lado: acomoda amigos, premia lealtades mediáticas y multiplica el cinismo.

La paradoja es todavía más grotesca si se recuerda que tenemos un presidente economista, rodeado de economistas, que juntos han ejecutado el acto de mala praxis económica más grande desde el menemismo más explícito. Obsesionados con controlar el déficit fiscal y “ordenar la macro”, ya se han fumado 20 mil millones de dólares del FMI y otros 7 mil millones de las cerealeras, a las que beneficiaron con una quita de retenciones que duró… media hora. Y todo indica que las nuevas “cuotas” del salvataje internacional seguirán el mismo camino. Un gobierno de financistas —no de economistas— que sólo ha beneficiado a otros financistas “amigos”, mientras desprecia la microeconomía real, donde millones de argentinos se desangran cada día sin que nadie los vea.

En ese contexto, la injerencia descarada de los Estados Unidos completa el cuadro. Su billetera, abultada y omnipresente, vuelve a marcar el ritmo de nuestra política. Desde Washington, el presidente color mandarina (que aún confunde Argentina con Aruba) declaró entre sonrisas que le “encantaría vacacionar en las hermosas playas argentinas” y que apoya “la reelección de su amigo”.
Para justificar la limosna disfrazada de auxilio humanitario, improvisó una frase que ya pasará a los manuales del cinismo diplomático: “...se están muriendo, no tienen nada”. El nuevo relato es viejo: cuando los negocios lo permiten, los discursos humanitarios florecen.






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Mientras tanto, en la escala local, el intendente y su delfín libertario insisten en pedir el voto “violeta”, pretendiendo convencer a la comunidad de que cuentan con apoyo nacional para continuar la obra pública. En la práctica, se trata de seguir hormigonando algunas cuadras, mientras los barrios siguen a medio construir y las calles, intransitables. Las mismas obras que se detuvieron apenas terminó la campaña provincial y local, reaparecen ahora en los discursos, maquilladas con fondos municipales y sostenidas por un superávit que funciona más como excusa propagandística que como política de gestión. A eso se suma un pedido de prórroga para presentar el nuevo presupuesto —no vaya a ser que se noten las prioridades reales—, los empleados municipales con sueldos que apenas cubren la mitad de la canasta básica, y funcionarios que cómodamente quintuplican el promedio salarial en sus haberes.

Y todo esto mientras el relato intenta distraer con pequeñas anécdotas de conflicto interno, como el caso reciente en Indio Rico, donde la destitución de un médico local —decidida entre el Secretario de Salud y la Delegada— fue explicada con un vago “problemas personales”. Nadie asumió la responsabilidad, pese al reclamo unánime de los vecinos, y el asunto quedó cubierto con el clásico manto de dudas que aquí ya es protocolo.

Algo parecido ocurre con la Seguridad, donde los hechos de violencia adolescente en un barrio de la ciudad se repiten sin respuestas. La Secretaría a cargo parece haberse especializado en declaraciones tardías y parches policiales de 48 horas, mientras alterna entre la queja contra la Justicia y un tibio discurso de “mano dura” sazonado con llamados al diálogo. Un guion sin convicción ni ideas. Ojalá no se tengan que lamentar males mayores hasta que se haga lo que las circunstancias indican.

Mientras tanto, el oficialismo local, que insiste en “defender las obras”, deberá en los próximos días militar una boleta nacional que predica el ajuste extremo, la eliminación del Estado y la fe ciega en el mercado.
La contradicción es tan grande que ni el hormigón alcanza para taparla.

Así llega el gobierno local a las urnas: con discursos que ya no convencen, promesas que ya no entusiasman y un relato que se desmorona a la vista.
Violetas, sí. Pero de vergüenza.




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